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Sociedad  |  Lunes, 13 de septiembre de 2010
La Relatora de la ONU, la abogada nigeriana Joy Ngozi Ezeilo, sostiene que la corrupción policial es parte del problema

“Ahora la trata en Argentina aumentó en magnitud”

En su visita al país, y antes de partir a Uruguay, Joy Ngozi Ezeilo hizo un diagnóstico muy crítico sobre el estado de la trata en el país. La corrupción de las fuerzas de seguridad y la falta de protección a víctimas y a investigadores, entre los mayores problemas.

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La Relatora Especial de las Naciones Unidas, la abogada nigeriana Joy Ngozi Ezeilo.
Por Mariana Carbajal

La trata de personas “está aumentando en magnitud”, tanto para explotación laboral como sexual en Argentina: “Claramente se ha convertido en país de destino y en menor medida de origen y tránsito”. Esta fue la primera conclusión de la Relatora Especial sobre Trata de Personas de la ONU, la abogada nigeriana Joy Ngozi Ezeilo, al finalizar ayer una visita de seis días al país. Entre sus recomendaciones, pidió que el Congreso en forma “urgente” reforme la ley antitrata para evitar que las víctimas mayores de edad tengan que demostrar que no dieron su consentimiento y se aumenten las penas a los autores del delito. Y exhortó al Gobierno a poner en marcha un plan nacional contra la trata “coordinado”, a destinar más recursos para enfrentar el problema, a capacitar a las fuerzas de seguridad y a crear un fondo especial para indemnizar a las víctimas. “El Gobierno debe demostrar un compromiso serio” y promover “tolerancia cero a la corrupción de los funcionarios”, sostuvo Ezeilo.

En conferencia de prensa, poco antes de partir rumbo a Uruguay, la funcionaria de la ONU dio un informe preliminar de su misión oficial. Su diagnóstico fue muy duro: manifestó su preocupación por la “impunidad” con la que la trata tiene lugar en el territorio nacional, por la “poca capacidad” para combatirla, por “los abusos espantosos que sufren las víctimas” y por la “corrupción” de la policía y otros miembros de las fuerzas de seguridad que “están directamente involucrados en implementar medidas contra este delito, especialmente a nivel provincial, donde reciben coimas y colaboran ilegalmente con tratantes”, describió.
Ezeilo ofreció una rueda de prensa el viernes en un hotel ubicado frente a la Plaza San Martín, en el barrio porteño de Recoleta. Vestía un conjunto colorido, exótico a los ojos latinos, y la cabellera azabache completamente peinada con trencitas. Es abogada, especializada en derechos humanos y profesora de la Universidad de Nigeria. Asumió como Relatora Especial del Consejo de Derechos Humanos de la ONU sobre la trata de personas, especialmente mujeres, niñas y niños, el 1º de agosto de 2008. Esta, aclaró, fue su primera visita a un país de Latinoamérica. En el marco de la misma gira, visitará esta semana Uruguay. Durante la misión fue recibida por el ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos, Julio Alak, y por funcionarios de menor rango de Desarrollo Social, Cancillería y Trabajo. También se reunió con integrantes de organizaciones de la sociedad civil, que trabajan contra la trata, con académicas y abogados. Estuvo en Buenos Aires y en Posadas, Misiones. Ezeilo anunció que en junio del año próximo presentará su informe final sobre la situación de la trata en la Argentina en el Consejo de Derechos Humanos, en Ginebra. Pero adelantó, con mucho detalle, sus conclusiones y recomendaciones “preliminares”.
–¿Por qué cree que está aumentando la trata en el país?
–Estoy aquí para investigarlo. El fenómeno de la trata es muy dinámico. Ahora Argentina es un país receptor, de destino, y eso se demuestra porque cada vez vienen más personas de Bolivia, Perú, Paraguay, Uruguay y República Dominicana, particularmente por la situación económica. En general estamos en una crisis económica internacional que empuja el aumento general de la trata. Si hay un país vecino con mejores condiciones, pues ahí quieren ir muchas personas a buscar una oportunidad. Es ahí cuando caen en los engaños de gente que aprovecha la situación y contrata con falsedad a mujeres y niños para la prostitución.
Ezeilo cuestionó la falta de “coordinación” entre los niveles federal y provincial para combatir el fenómeno en la Argentina y también criticó los recursos “insuficientes” que se destinan para enfrentarlo. Observó que se “subestima” la trata interna, es decir, la captación, especialmente mujeres y niños, que viven en una zona del país para llevarlos y explotarlos en otra. “A menudo las víctimas están escondidas en la comunidad y en sectores informales de la economía, en particular en el trabajo sexual, agrícola y en las industrias pesqueras, textil, de zapatos y en la construcción”, apuntó. En ese sentido, opinó que es “necesario” que haya “inspecciones laborales” que detecten los casos de explotación laboral y al mismo tiempo se debe “sensibilizar” a las comunidades migrantes sobre el problema. Entre sus recomendaciones al Gobierno, indicó la importancia de incorporar la temática en todos los niveles de la educación, para concientizar a alumnas y alumnos.
La Relatora Especial destacó como un avance importante la sanción en 2008 de una ley para combatir, sancionar y erradicar la trata de personas, pero hizo especial hincapié en la urgencia de modificarla a fin de brindar mejor protección a las víctimas mayores de 18 años y elevar las penas a los tratantes. Actualmente, las víctimas mayores tienen que demostrar que no dieron el consentimiento para caer en una red de trata, un punto que dificulta la persecución del delito. Hace tres semanas las comisiones de Legislación Penal y Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia de la Cámara de Diputados firmaron un dictamen de mayoría que avanza en ese sentido, aunque el texto acordado entre legisladores de la oposición y el oficialismo no conformó del todo a las ONG que trabajan en el tema. El proyecto de reforma ya está en condiciones de tratarse en el recinto (ver aparte).
Durante la descripción de su diagnóstico, Ezeilo cuestionó la “falta de refugios apropiados” para asistir y brindar protección a las víctimas y la “protección insuficiente” tanto para ellas como para los testigos “antes y después” de los juicios contra los tratantes. También consideró que “no está garantizada la seguridad de las personas que trabajan contra la trata”. Y pidió que haya “programas de asistencia a las víctimas en todas las provincias”. “Es necesario crear un organismo federal para coordinar las acciones” en todo el país, indicó. Destacó, por otra parte, como avances, la creación de una unidad especial contra la trata en la Procuración General de la Nación, la Ufase, y también la Oficina de Rescate y Acompañamiento de Personas Víctimas de Trata, que depende del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos. “Lo que más me sorprendió es la cuestión de las víctimas de la trata, que me han contado los espantosos abusos que han sufrido. Eso me enoja muchísimo y me da fuerza para redoblar los esfuerzos en esta lucha por erradicar este horrendo crimen”, expresó.

 

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PATOLOGIAS SOCIALES ACTUALES Imprimir E-Mail

Lic. Clarisa Robert

En la historia de la enfermedad o de las enfermedades, aquellas que por diferentes razones, ya sean demográficas, económicas, políticas, religiosas, psicológicas,etc.  Han impactado de modo notable en colectividades concretas, es decir las hoy llamadas “patologías sociales”, constituyen en la actualidad un área de estudio a la que se consagran numerosos investigadores, de hecho es la que nos convoca hoy aquí.

Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de Patologias sociales?

En primer lugar observo que las llamadas patologías sociales están generalmente relacionadas o asociadas con la violencia (de genero, familiar , escolar etc.):  adicciones, suicidios, anorexias, los ataques de pánico, estrés, o violencia directa cuentan entre estas enfermedades, pero si observamos mejor nos podemos dar cuenta que no son patologías nuevas,  estuvieron siempre, salvo  que en la actualidad se manifiestan de un modo que a muchos desconcierta, desorienta y paraliza.                                                                                                                                 En segundo lugar diría o sintetizaría  que  son patologías en las que la evidencia de la intervención  de factores sociales, culturales, económicos, emocionales, climaticos además de los biológicos en la generación, mantenimiento y curación de las mismas, se impone  y exige para su tratamiento una mirada mas abierta, un ir mas alla de del condicionamiento bilogico, mas alla de lo social, mas alla de lo psicológico y mas alla de lo cultural.

Este ir mas alla, ya se refleja o se  trasluce en varias investigaciones que sobre este grupo de enfermedades su realizan actualmente, a través de  la incorporación de nuevas aportaciones provenientes de otras  ciencias sociales en la investigación medica, como la antropologia, la psicología, la política, la economía, la demografía, etc.

 Y para continuar  creo necesario llamar la  atención sobre  la paradoja que encierra el termino “patologías sociales”, por que la enfermedad, la patología , la salud  del hombre son esencialmente sociales, son construcciones sociales, el hombre construye socialmente su modo de estar sano, de enfermar de curar de morir, por que el hombre es esencialmente  un ser social y todo acto o conducta por mas intima y privada que sea, como el enfermar, es social. Y cada vez mas  se demuestra en la realidad que no existen las enfermedades sino los  enfermos, que determinados virus o bacterias que se “conoce “ que producen  determinados efectos o consecuencias en el organismo, de repente en un sujeto X no lo hacen, y esto(que actue o no el virus o la bacteria) pasa a depender de la subjetividad de la persona, es decir:  que ante la exposición a un virus que enfermemos o no  dependerá según nuestra estructura subjetiva  y nuestras  circunstancias actuales(estructura  subjetiva que incluye los aspectos psicológicos biológicos y sociales del individuo).

¿Y que es o de que se trata la subjetividad?

La subjetividad no es algo cerrado acabado con lo que nacemos los seres humanos, no es algo que adquirimos en determinado momento, es algo que nos identifica y nos determina, y  debe ser entendida como un proceso  fundamentalmente histórico-social y relacional por en cual el ser humano se convierte en sujeto. Un proceso que es dinamico e inacabado, es decir que se va modificando a travez del tiempo,  se inicia desde el nacimiento de la persona y se realiza en relación un otro,  o unos otros(otro mama, papa, familia,doctor, maestro,  escuela, religioso,  etc. ) un otro que le otorga sentido y le hereda una historia familiar y social que lo condiciona desde ese preciso primer encuentro. Le otorga un nombre un lenguaje, una cultura y unas construcciones sociales que van a ir determinando su modo de ser, de estar, de amar, de odiar, de enfermar, de estar sano, de vivir, de morir, etc. Las subjetividades son producto de una historia social y cultural, por lo cual si queremos comprender lo que nos ocurre en la actualidad debemos pensar  en las características de la sociedad y la cultura actual. Se entiende? Lo que era patológico o anormal en el 1800, no lo es hoy.

La dicotomía individuo sociedad, rápidamente pierde  sentido al comprender que  el individuo es un ser social, determinado por la sociedad a la que pertenece, y que ha su vez la sociedad y la cultura son producciones o construcciones de los individuos, es decir  que se determinan, condicionan y modifican mutuamente. 

LA  SOCIEDAD ACTUAL

La sociedad actual sostiene y defiende los valores de mercado y los traslada a las relaciones humanas, generando gruesas y profundas desigualdades en su seno, incrementando la pobreza y la marginación, y lo mas grave quizás legitimando estas diferencias y desigualdades convirtiéndolas en injusticias, sostenidas  desde el propio estado al  planificar políticas sociales y de salud sustentadas en el asistencialismo y la dadiva. Básicamente una sociedad y una cultura que sostiene una ideología neoliberal.

 Esta sociedad alienta el consumismo, la competencia y el individualismo a valores exacerbados, empujándonos a la perdida de la solidaridad, a la incomunicación, a la soledad y al aislamiento, promoviendo la fragmentación social que deja como saldo la marginación de ciertos sectores(ej de ello es la aparición de los barrios cerrados y los countries). Estos valores se difunden y se imponen por diversos medios, con una exigencia de inmediatez que nos coloca como sujetos  ante un elevado nivel de auto exigencia, amenazados por el temor a la exclusión social. Si no logramos tener el auto ultimo modelo, el mejor cuerpo, la casa en el country, la mayor cantidad de dinero acumulada, ser los mejores o bien ser el que tiene trabajo, el que tiene celular, etc, por que sino quedamos afuera nos caemos del sistema….con su nefastas consecuencias.

Se producen así, a la luz de estos valores,  inevitables  fracturas de los lazos sociales (el aislamiento , le individualismo, la competencia la soledad, etc. Rompen los vínculos sociales, solo hay lugar para relaciones ligth)que generan a su vez,  fracturas subjetivas, por donde se cuelan las enfermedades, y aparecen los trastornos de alimentación, el stress, los ataques de pánico, las adicciones, las depresiones, los intentos de suicidio, la reaparición de epidemias, de “las enfermedades de la pobreza”,  entre otras. Hoy nos encontramos con escaladas de violencia individual, institucional y social, con vínculos casi retorcidos, con rasgos perversos, con el aumento de diversas manifestaciones hetero y autoagresivas, con el borramiento de limites, con escasa tolerancia  a la frustración.

 Para tratar de echar luz sobre el asunto, creo que explicarles básica y sencillamente algo del mecanismo intrapsiquico  de la agresión, puede aportar a la comprensión del problema. Los seres humanos nacemos con dos tipos diferentes de energias internas o psíquicas que desde el psicoanalisis las llamamos pulsiones básicas, por que necesitamos de ambas para vivir; las pulsiones eroticas o de vida y las pulsiones tanaticas o de muerte o destrucción. Estas deben mantenerse en un equilibrio “desequilibrado”: deben predominar las eroticas por sobre las tanaticas; y además estar fusionadas o unidas de modo tal que las pulsiones de muerte  se hallen al servicio de las eroticas. Unos  ejemplos cotidianos aclararan en un acto de estricto valor vital como la alimentación como  funcionan o actúan ambas pulsiones unidas al servicio de la vida, para alimentarme debo ingerir un alimento para poder ingerirlo y luego asimilarlo al organismo debo “Destruirlo”(cortarlo, masticarlo triturarlo)allí vemos  claramente la actuación de la pulsión tanatica al servicio de la vida.otro ejemplo es mas cercano a la mayoría de uds. En un procedimiento quirurjico se necesita cortar el cuerpo del paciente, o pincharlo para colocarle un medicamento, pero al servicio de su curación es decir de la vida, en el corte o  el pinchazo vemos como empleamos un monto de agresión al servicio de lo erotico. Ahora bien decía que todos poseemos estos dos tipos de pulsiones y que debemos mantener el equilibrio desequiibrado del predominio de lo erotico para funcionar normalmente.

 Ahora ¿que hace que una u otra de estas pulsiones aumente o disminuya? Para que que se mantenga el predominio erotico  debemos obtener mas experiencias gratificantes, que experiencias de frustración. Si un sujeto acumula demasiadas  frustraciones (de distinta indole) vera incrementado su montante de pulsiion tanatica y la manifestación de esta pulsión es la agresión, que puede darse  hacia afuera como hetero  agresión que puede ir desde maldecir, golpear  hasta matar a otro personas, animales u objetos, o  hacia adentro como auto agresión que puede ir desde el auto reproche, la autolesion, el ponerse en riesgo(alcoholizarse o drogarse y conducir), enfermarse psíquica o físicamente(depresión, enfermedades autoinmunes, afecciones psicosomaticas)hasta su mayor expresión con el suicidio.

Ahora volvamos sobre lo social, sobre las escaladas de violencia que observamos y pensemos en las frustraciones, a poco analizar comprendemos que la respuestas o soluciones son inalcazables desde un plano disciplinar, y mucho menos desde el encierro del consultorio, aunque es necesario aclarar que aun desde el consultorio podemos contribuir al alcance de esas solucione, si podemos incorporar una mirada mas amplia, enriquesida con otros aportes disciplinares y científicos, si podemos mirar AL Paciente y no a su ojo, su corazón o su ovario solamente.

Regresemos ahora a pensar que las patologías sociales,  las desigualdades y valores individualistas  prevalentes en una comunidad dan lugar a trastornos emocionales, mentales y físicos y/o colocan a los sujetos  en situaciones de gran vulnerabilidad,  que suscitan nuevas necesidades en salud. Lo cual produce un importante impacto sobre la salud pública,  si consideramos la carga de enfermedad, la morbilidad asociada,  la demanda de servicios de salud y de costos.                   La generalización de las conductas antes mencionadas ha puesto en crisis la legitimidad de las instituciones, y como ya he dicho la cohesión de las redes sociales de solidaridad y confiabilidad y por ende  la capacidad de recuperación de las comunidades frente a las secuelas de la violencia.   La respuesta a estos trastornos debe darse en el marco de la dinámica entre la persona y la sociedad. La «curación» pasara  por la reconstrucción del tejido social, por el mejoramiento de las condiciones socioeconómicas y por la reparación, cuando hubiere lugar, de la injusticia.   

A las «nuevas» necesidades—nuevas por sus características y por su magnitud— se agregan las necesidades «clásicas» de atención.

¿qué hacer y qué no hacer?
El error que no se debe cometer es traducir estas necesidades y estas demandas exclusivamente en términos de demanda de atención sicológica y siquiátrica. Ningún reduccionismo será útil frente a un problema tan complejo.                                                                  Además hay que tener en cuenta el papel que juegan las organizaciones sociales, y en particular la familia y los vecindarios, que dan cohesión a la sociedad y protección a los individuos (participación comunitaria, para el armado de la red social). Las intervenciones requieren de la acción concertada con diversos sectores (intersectorialidad) como condición indispensable para atender integralmente a la población de un determinado territorio.
Por otra parte la política debe reconocer el papel fundamental que juegan los servicios de salud y los especialistas en la atención de problemas como el de la depresión, la ansiedad, o las adicciones, por ejemplo. El reconocimiento de los componentes psicosociales de las afecciones biológicas,  y el reconocimiento de los componentes  no psicológicos de la salud mental y del papel que en ella juegan otros sectores y otros actores no debe opacar el papel específico que juega cada uno de los  sector de la salud. De lo contrario se cae en generalizaciones superficiales  que no contribuyen a la solución de estas problematicas.

 
Los enfermos de miedo y de esperanza Imprimir E-Mail
Psicología  |  Jueves, 18 de febrero de 2010
DOS PASIONES REFERIDAS AL FUTURO

Los enfermos de miedo y de esperanza

El autor reconoce un cambio en las consultas actuales en salud mental. Pero considera que la ansiedad, el pánico o el agobio que predominan no constituyen “nuevas patologías”, sino respuestas a una realidad global en cuyo eje están el miedo, manipulado desde el poder, y la esperanza malsana que lleva a los fundamentalismos.

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Por Emiliano Galende *

En los últimos años, un cambio significativo se observa en las consultas en los servicios de salud mental. Para algunos profesionales –adheridos demasiado ingenuamente a los postulados nosográficos de su disciplina– se trata de “nuevas patologías”; para otros, más adheridos a los intereses de la industria de los medicamentos, se trata de nuevas entidades clínicas que el “avance de la investigación farmacológica” ha descubierto. Para quienes tratamos de comprender estos modos del sufrimiento mental desde un psicoanálisis crítico y de las experiencias comunitarias de salud mental, se nos plantea un interrogante: qué tienen en común estos trastornos, qué relación guardan con el contexto cultural y social y, dada su frecuencia, qué expresan de los modos de la vida social actual.

Muchas de estas personas consultan por estados continuos de ansiedad que perturban sus días y sus noches; hablan de situaciones persecutorias en sus empleos, de incertidumbres e inseguridad en sus relaciones de pareja, de vicisitudes de adaptación por migraciones impuestas o voluntarias (“trastornos de ansiedad”, dice el nomenclador). Otras piden atención por crisis de angustia, repetidas, que los sorprenden y alteran el transcurrir de sus tareas, sus salidas a la calle (y al mundo), obligándolas a resguardarse, cuando la tienen, en la seguridad de sus relaciones cercanas y familiares (“ataque de pánico”, dice esta vez el nomenclador). Otras llegan a la consulta agobiadas con su vida, con un dolor que no se reduce a algún conflicto identificado: su astenia durante el día, que hace penosa cada actividad, se prolonga en noches de insomnio (“depresiones reactivas”, dice en este caso el nomenclador; “nueva amenaza epidemiológica”, dice la OMS, ante la magnitud de su incidencia). Otras padecen una suerte de extrañamiento del ámbito en que se desarrolla su vida; tienen dificultades para hilvanar su pensamiento, su mundo afectivo y mental es disperso y les es difícil entender y narrar su padecimiento (“trastornos de personalidad”, “borderline”).
A esta lista incompleta, sólo indicativa, se agregan las víctimas de violencia familiar –entre 20 y 30 por ciento de las consultas en servicios de salud y salud mental–, los que consumen drogas –nueva población expuesta a un encierro semejante al sufrido en los manicomios–, los que necesitan del alcohol para soportar una vida a la cual ya no dominan –el mayor problema, de lejos, en las adicciones actuales–. Como un amigo suele decir: cuando alguien necesita un pañuelo para su llanto, siempre hay un fabricante de pañuelos que se alegra de ese sufrimiento. En este caso, la industria de psicofármacos –en la parte legal del consumo– y la de los narcotraficantes –en la ilegal– son altamente beneficiados por estos nuevos dolores del alma. Si escuchamos bien a estas personas, descubrimos siempre una ausencia de proyecto, una amenaza al futuro, un riesgo en el presente, una incertidumbre sobre el devenir de sus relaciones de empleo, de pareja, de residencia, de su economía. Vale entonces ocuparnos de las dos pasiones ligadas al futuro, el miedo y la esperanza, para entender su presencia actual en la vida de todos o, mejor dicho, de casi todos.
Nos son conocidas las pasiones que ligan al hombre con su pasado: el resentimiento, la nostalgia, el rencor, que explican en quienes lo padecen sus dificultades con el presente. Son pasiones diferentes de las que provienen del presente, cuya inmediata certeza nos produce tristeza, dolor, alegría, odio, amor o placer. Suelen ser menos reconocidas las pasiones que nos dominan con relación al futuro: el miedo y la esperanza. El miedo es esa angustia provocada por algo incierto o amenazante, algo extraño que puede alterar nuestro presente, ya que parece anunciar un mal inevitable. Al miedo subyace siempre la amenaza de la aniquilación y de la muerte. En oposición, la esperanza consiste en esa alegría o placer de imaginar, sobre lo incierto del futuro, el anhelo de algo mejor que el presente; tiene siempre un sentido de promesa y, respecto de la vida y su finitud, un sentido de salvación. Ambos, miedo y esperanza, son resistentes a la voluntad o a los argumentos de la razón, y por eso suelen ser incontrolables para el hombre. Esto mismo hace que sean pasiones contagiosas: pasan fácilmente de un individuo a otro y constituyen el afecto principal que liga a los grupos y a las masas. Se oponen a la calma del sabio, basada en la reflexión, en la serenidad de la razón individual.
Tanto el miedo como la esperanza debilitan la experiencia del presente, y también el ánimo y la pasión por lo actual; tienden a expulsar al individuo de su experiencia y de su acción sobre sus semejantes. Por eso, el miedo es desde siempre un eje de la política, y la esperanza es un dominio de las religiones. El hecho de que sean comunes a todos los hombres, presentándose como amenazas o promesas que afectan la vida de cada uno, contribuye a orientar las voluntades, de manera constructiva en la esperanza y de manera sediciosa, amenazante, en el miedo. La filosofía clásica ya conocía el papel eminentemente político del miedo y, en menor medida, de la esperanza, en cuanto a los mecanismos de la práctica cotidiana de gobierno y de la psicología de las multitudes. Maquiavelo fue quien ejemplarmente mostró cómo es el príncipe quien debe saber producir y dirigir estas pasiones.
El miedo y la esperanza dominan el cuerpo, la mente y la imaginación de los individuos, dejándolos a merced de la incertidumbre y así predisponiéndolos a la renuncia y a la pasividad en su presente. Spinoza, en su Tratado teológico político, alertaba sobre la necesidad de combatir al miedo –en cuanto pasión hostil a la razón– y a la esperanza –que representa una fuga del mundo presente–, en tanto medios para obtener la resignación y la obediencia. En la Etica señala que se debe resistir la promesa religiosa de un más allá de la muerte, cuyo fin es sólo justificar la resignación y la obediencia en el presente. La libertad del hombre, su capacidad activa de elegir y decidir sobre su realidad, depende de su resistencia al miedo y de su rechazo a la promesa de la esperanza. En el segundo Fausto, Goethe dice: “Entre los mayores enemigos de los hombres, dos, Miedo y Esperanza, en cadenas de consorcio civil yo los segrego”. En una perspectiva opuesta, Hobbes postula que el gobierno y la razón de Estado necesitan del miedo de las masas para evitar la recaída en el infierno social de la violencia y del estado de naturaleza (el “hombre lobo del hombre”, su conocida fórmula); tiene claro que los hombres aspiran a su libertad de todo poder y especialmente de la razón de Estado.

Fundamentalismos

El miedo es un instrumento de la política. En el extremo del pánico, el miedo se muestra como el gran desorganizador del grupo o la masa; frente a él cada individuo asume por sí mismo su supervivencia. Está claro que el futuro de la sociedad y, más aún, el futuro de cada individuo, es la esencia de la política: en la política, como constructora del futuro, se juegan siempre las amenazas o las promesas. De Maquiavelo en adelante, ningún político se abstiene del uso político del miedo y la esperanza. Ejemplos actuales: el uso de la amenaza del futuro sobre el cual se propone la aceptación del presente –flexibilización laboral o riesgo de desocupación–, o la esperanza de salvación para quien acepte resignar las necesidades del presente –bajar los salarios porque hay crisis, callar la protesta para asegurar la paz–.
Pero el valor de la esperanza no es sólo patrimonio de las religiones. También lo es de quienes tenemos el sueño de la igualdad. La esperanza de un futuro mejor, diferente del presente, genera solidaridad, unión bajo el sentimiento activo de que es posible actuar sobre la realidad actual. La igualdad ha sido el sueño de todas las revoluciones: tiene el sentido de una ilusión, de imaginar otra realidad posible y de buscar lograrla activamente. Esta ilusión, cercana a la utopía, es un llamado a la solidaridad para transformar el presente ahora, es decir, comprender lo actual para proyectar en conjunto un futuro diferente. Se opone a la utilización de la religión como propuesta de un más allá en el que todos seremos merecedores del cielo y la paz, iguales ante Dios, separados de los malos, que sufrirán el destino del infierno. Se trata, en cambio, de pasar del estado de muchedumbre, compuesta por individuos aislados, al grupo solidario que actúa enfrentando el miedo para construir un futuro diferente. Por eso la solidaridad es política activa, es la esperanza puesta en el valor del hombre para construir su futuro.
Freud, criticando las ideas de Gustav Le Bon, señalaba cómo el padre interviene en el lazo social, prolongado en la función del líder o jefe como aglutinador, que, provocando, la unión solidaria de los hermanos vence al terror. Vale recordar a Montesquieu: “Los regímenes despóticos producen individuos completamente separados entre sí, o, lo que es lo mismo, mantenidos juntos por la fuerza repulsiva de pasiones que los aíslan (la avaricia, la competencia, el deseo de sobrevivir a los otros), impidiendo toda confianza y solidaridad recíprocas, de-sagregando a los ciudadanos a súbditos y generando así la más completa, fatalista y vil pasividad política, apenas interrumpida por alguna esporádica, rabiosa y fugaz llamarada de rebelión”. En oposición a esto, Maquiavelo se preguntaba si la sola dimensión laica, sin miedo y sin esperanza, puede sostener la política y la vida de los Estados.
En Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el Islam, de Karen Armstrong (ed. Tusquets, Barcelona 2000), visualizamos la expresión clara del retorno del miedo y la esperanza como política para aglutinar, masificar, configurando una realidad paralizante. El sueño de la igualdad tiende a opacarse en nuestro mundo. Este requiere de la solidaridad: unirnos, no para el mito o el culto, sino para la acción de transformar la realidad. En esto es esencial ejercer una razón crítica sobre el presente. Sólo este comprender crítico permite una acción que no esté guiada por el miedo ni por la promesa mítica de un “más allá”, sino por la razón y el deseo de transformar, construir la realidad. Esto puede dar como resultado un cambio de los actores y del poder de decidir sobre la existencia de cada uno y del conjunto.
En Estados Unidos, uno de cada 136 habitantes está detenido en cárceles o institutos penitenciarios: cuatro millones en total. El miedo es global y responde a diversos motivos. Quince millones de mexicanos viven escondidos en Estados Unidos, pese al muro construido para impedir su ingreso, de 1200 kilómetros de largo, con 1800 torres de observación provistas de policías armados. La ONU cuenta 200 millones de refugiados en el mundo, escapando de guerras y pobrezas extremas. Cerca de nosotros, hay un mundo de barrios cerrados, villas miseria, nuevos guetos. Hay excluidos de la sociedad, custodiados como criminales, pero están también los que voluntariamente buscan estar custodiados en barrios cerrados, en “edificios con seguridad”, countries, etcétera.
Pero también podemos sumar a los que viven encerrados en sus empleos por horarios que no dominan (por ejemplo, la flexibilización laboral y la extensión horaria aprobadas por el Parlamento Europeo). A todos, el miedo los convierte en presos: por amenaza del desempleo, por la violencia, por el hambre, por la emigración, por la ilusión de la seguridad. El mundo actual está compuesto por productores, consumidores y excluidos. Como los criminales presos, quienes estamos presos en este mundo global amenazante nunca aceptamos este presente como definitivo; la mayor parte mantiene su anhelo de libertad, de poder elegir y decidir, pero muchos, por diversas debilidades y desventajas sociales, son víctimas personales del pánico y la angustia crónica.
Este mundo del miedo no es natural ni espontáneo. Por vía del consumismo, que requiere una cultura del individualismo, se trata de mantenernos aislados, como en las cárceles se mantiene a los presos en celdas individuales, para evitar que la idea de un futuro en común nos pueda volcar juntos a la resistencia. Esto no es espontáneo. La globalización económica impuso aislarnos del territorio –migraciones masivas–, de la vida en común –competencia y desconfianza–, de la historia compartida; y, especialmente por las políticas mediáticas, procura evitar que imaginemos un futuro o un proyecto en común. Este encierro masivo hace que la vida urbana se acerque a la de la cárcel o el manicomio: conflictos y lucha entre vecinos o antiguos compañeros, pobres atacando a otros pobres, de-sempleados luchando contra empleados, especialmente si son inmigrantes, aun en la pareja amorosa desconfianza y cuidado de no comprometer bienes y futuro.
Si prestamos atención, veremos cómo los medios a través de mensajes presentados como noticias nos dicen que la vida es insegura, insisten en lo incierto de la economía, en los riesgos de epidemias, crisis energética, catástrofes naturales, amenazas del futuro cuyo contenido ficcional se oculta. Lo eficaz es generar el miedo y lograr su capacidad de mantenernos aislados.
No olvidemos que el miedo es la pasión que más fácilmente se erotiza: esta cualidad hace que se potencie y se contagie entre los individuos. Esas operaciones mediáticas son exitosas, mantienen su eficacia haciéndonos creer que la prioridad para cada uno de nosotros es tomar medidas destinadas a nuestra seguridad personal; nos convencen de que nuestra situación ante los riesgos y amenazas del futuro depende de lo que pueda hacer cada uno, no del destino en común.
Debemos reconocer que el miedo está instalado en nuestras sociedades. Los políticos lo utilizarán luego, según la ética de cada uno. La esperanza, su correlato opuesto, avanza al mismo ritmo. Recrudecen en el mundo los fundamentalismos religiosos, de todas las religiones, pero en esta versión moderna con una violencia inesperada. El judaísmo, en su historia, no contaba la violencia y la dominación de otros pueblos, y hoy hay tres generaciones nacidas en campos de palestinos consecuencia de la expansión del Estado de Israel. El islamismo, religión de la paz, hoy llega expresarse en autoinmolaciones y terrorismo. El cristianismo, especialmente en sus variantes evangélicas, sostiene las nuevas guerras de la dominación económica, como es el caso del Partido Republicano en Estados Unidos en la era Bush.
¿Será posible preservar lo humano, la solidaridad, la libertad, la justicia, el anhelo de construir un futuro común, por fuera de las amenazas políticas y de las promesas religiosas que nos rodean? Vale recordar a Merleau-Ponty, que, en la posguerra, escribió: “Una sociedad no es el templo de los valores-ídolos que figuran al frente de sus monumentos o en sus textos constitucionales; una sociedad vale lo que valen en ella las relaciones del hombre con el hombre. Para conocer y juzgar una sociedad es preciso llegar hasta su sustancia profunda, el lazo humano del cual está hecha y que depende sin duda de las relaciones jurídicas, pero también de las formas del trabajo, de la manera de amar, de vivir y de morir”.
La dimensión del miedo y la esperanza, en nuestro tiempo, está en el centro de muchos de los sufrimientos mentales que atendemos. Hubo tiempos en que dominó la nostalgia, como en el siglo XIX lo expresó el romanticismo. Freud, no del todo ajeno a ese movimiento, nos enseñó a reconocer las pasiones que sujetan al hombre a su pasado y dificultan su presente; sólo tangencialmente aludió al miedo y criticó la esperanza como ilusión religiosa. A nosotros nos toca hoy comprender las pasiones ligadas al futuro: éstas, como el miedo o el pánico, afectan y condicionan el presente de muchos, especialmente de aquellos que, refugiados en el individualismo, no logran comprender las razones de sus malestares. Un nuevo recrudecer del objetivismo, esta vez por vía del consumo y el mercado, lleva a que el otro, cualquier otro, pueda devenir y ser tratado como un objeto más; el individualismo ayuda a que cada uno sólo valga por su uso. Todo esto, con la dimensión de estar sustraído a la conciencia, ¿no es motivo suficiente para explicar mucho de la angustia actual como padecimiento dominante?
* Extractado del trabajo “La angustia, el miedo y la esperanza”, cuya versión completa puede leerse en www.topia.com.ar.

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Las obras de Freud: patrimonio del mundo Imprimir E-Mail

05-02-10-Derechos liberados / Rigen desde este año
 Las obras de Sigmund Freud son ahora patrimonio del mundo
 Sus libros pasaron a ser de dominio público; puja de las editoriales por 
sus
 obras
 Alejandra Rey
 LA NACION


 El año 2010 comenzó auspicioso para el conocimiento en general  el mundo 
"psi", en particular:
 desde el 1°de enero último, las obras de Sigmund Freud son de dominio 
público, excepto en España,
 que, por una ley local, están protegidas hasta 2019.

 ¿Qué significa que los derechos de un autor se universalicen? Pues que 
cualquier sello del mundo
 puede editar sus libros, cosa que ya ha comenzado a ocurrir en Francia, 
por ejemplo, donde los
 magnates de las editoriales están a los codazos para ser los primeros en 
reimprimir la obra completa
 del médico que describió la histeria.
 Claro que esto tiene un costado local no menos curioso: para los 
argentinos que se acuestan en el
 diván semanalmente, se trata simplemente de un acto de justicia, porque 
con tanto psicoanalizado
 dando vueltas, es casi seguro que el vienés es ahora del mundo, pero 
siempre atendióen Buenos Aires.
 El pensador Santiago Kovadloff cree en todo lo anterior. Y lo fundamenta: 
"La desclasificación tiene
 lugar en un momento en que el psicoanálisis se ve acosado por las 
neurociencias y las terapias
 alternativas, lo que implica que la total disponibilidad de su obra 
coincide con un momento en que la
 sospecha ha recaído sobre la idoneidad del psicoanálisis. En consecuencia, 
divulgar a Freud implicará
 aprender a valorar una y otra vez su extraordinario aporte en un medio en 
que la subjetividad
 contemporánea no se muestra demasiado propensa a valorar la vida 
inconsciente".

 Y finaliza: "Freud significa para los argentinos un extraordinario aporte 
a la construcción de la
 identidad de sus clases medias. Mediante su lectura no sólo hemos 
aprendido a pensar nuestra propia
 experiencia, sino a inscribirla en el marco de formación de un sector 
social decisivo para el
 afianzamiento de la democracia".
 Todo en Internet
 Pero vaya una aclaración: la obra de Freud se encuentra íntegra en 
Internet y se puede bajar en forma
 gratuita, aunque nada se compara con abrir los libros de ese señor que nos 
enseñó a conocer nuestros
 rincones más oscuros y que en el país fue publicado por editoriales que, o 
murieron a manos de los
 gigantes, o sobreviven como pueden. Hablamos, por ejemplo, de Amorrortu, 
Orbis, Hyspamérica y
 Santiago Rueda.
 El médico psiquiatra Oscar Taber recibe con agrado la caducidad de los 
derechos de autor: "Y no
 porque se deje de reconocer el valor de su autoría y la protección de sus 
derechos, sino porque entra
 en el área de lo que es patrimonio cultural de la humanidad. Freud abrióla 
concepción del hombre en
 el mundo hacia nuevos horizontes y bien se puede decir que no fue lo mismo 
antes o después de su
 pasaje por la Tierra, por su visión, su criterio y su producción. ¿Qué 
mayor gloria le puede caber a un
 hombre, en el momento de morir, que haber dejado una marca indeleble, 
reconocida y valorada que le
 permite estar entre los elegidos que ingresan en el Olimpo del 
conocimiento?
 Y finaliza: "La ciencia como patrimonio de la humanidad requiere 
sensibilidad para percibir,
 inteligencia para comprender y capacidad para producir. Que el modelo 
sirva de ejemplo para las
 generaciones por venir, y esto para bien de todos".
 Asimismo, el médico psiquiatra Pablo Resnik, director del Centro de 
Investigaciones Médicas en
 Ansiedades (CIMA), y cuentista a tiempo parcial, dice: "Lo importante de 
esta noticia es que la obra
 de Sigmund Freud se verá liberada de restricciones por derechos de autor, 
y tendrá, como si esto fuera
 posible, la posibilidad de una difusión aun más masiva. Freud no tuvo 
prurito en observar el mundo de
 nuevo, como si por primera vez lo hiciera. No se entregó al desgano de lo 
ya sabido, a la inercia de un
 mundo en movimiento estipulado. No sólo el espíritu de investigación lo 
encendía desde adentro, sino
 el deseo de pensar y saber. Hoy se discute si su obra tiene que ver con la 
ciencia o la filosofía, si ha
 revolucionado el saber neurobiológico o si sólo constituye un hito en la 
historia del pensamiento. No
 podría haberse planeado mejor homenaje".
 Para terminar, Resnik apunta: "Freud sabía que se disponía a arremeter 
contra las costumbres y no
 pocas leyes sociales. Construyó una teoría y dio a luz un saber basado en 
la observación y trabajo y
 valor; valor de su propio deseo de conocimiento, de romper con lo sabido, 
de salirse del mundo de
 aceptaciones y concordancias con los semejantes para pensar por sí mismo, 
y sostener, alimentar y
 construir ese pensamiento".
 UN "REY" PARA TODOS
 * No hay mayores discusiones al respecto: Freud es un clásico; parte 
del patrimonio
 intelectual de nuestro tiempo. Fernando Savater, en un artículo 
sobre el fundador del
 psicoanálisis, se acordaba de la definición que Chesterton dio 
sobre lo que es un
 clásico: "Un rey del que ya se puede desertar, pero al que no hay 
modo de destronar".
 Según una nota de El País, por una ley local, España es el único 
país del mundo que
 mantendrá los derechos de autor hasta 2019. Dijo Antonio 
Valdecantos, profesor en la
 Universidad Carlos III de Madrid: "Se puede creer o no en el 
psicoanálisis, como se
 puede ser o no marxista, y, sin embargo, las aportaciones de Freud 
son indiscutibles".

 
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Domingo, 6 de diciembre de 2009

Psicodramas y algo más

El fenómeno, que asomó con el temible Tony Soprano en el diván y las reuniones que coordinaba Jorge Marrale en Vulnerables, copó la televisión: en Tratame bien, la familia de Julio Chávez y Cecilia Roth va a tres tipos de terapias diferentes, mientras In Treatment es una serie que directamente dedica cada capítulo a una sesión con el psiquiatra Gabriel Byrne, y Head Case ya se vende como la versión demencial de lo anterior. Si antes disfrutábamos y sufríamos con los neuróticos de Woody Allen, ahora gozamos y nos retorcemos ya no con los síntomas sino también con los tratamientos. ¿A qué se debe este fenómeno en una televisión en la que todos cuentan sus miserias pero nadie dice qué hacer con ellas? Radar entrevistó a guionistas, psicoanalistas y psicólogos para hacer un diagnóstico.

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Una sesión a cargo de la excéntrica terapeuta de Head Case.
Por Violeta Gorodischer
Si en sus primeras Conferencias, Freud afirmaba que la resistencia al psicoanálisis era la mejor prueba de su eficacia, deberíamos preguntarnos qué le depara el presente, ahora que la práctica se legitimó con el índice más claro de aprobación colectiva. Léase: el éxito televisivo. Ni siquiera importan esas investigaciones de la UBA que indican que hay 145 analistas cada cien mil habitantes y ubican a la Argentina a la cabeza de Dinamarca, Suiza y Noruega en cantidad de psicólogos per cápita: la representación mediática de la terapia psicoanalítica es garantía suficiente de masividad. Ya los primeros difusores del psicoanálisis a nivel local, como Enrique Pichon Rivière, uno de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Argentina, luchaban por extenderlo fuera del consultorio a través de columnas semanales en la revista Primera Plana. Paradojas del destino, hoy se lo cita (indirectamente) en una de las ficciones más exitosas de Canal 13, cuando el analista representado por Norman Briski le dice al paciente conflictuado por la endogamia de la comunidad armenia: “Es necesario salir del círculo para entrar en la espiral”. Pero el guiño no hace a la historia y estas sutilezas son un dato menor a la hora de ver las causas que llevaron a los guionistas de Tratame bien a extender los 13 capítulos iniciales a los 36 que serán finalmente, gracias a la repercusión del programa.
¿Qué atractivo encuentra el televidente argentino en la recreación del análisis? Todo empezó con Vulnerables, allá por el año 2000. Por primera vez se llevaba un grupo de terapia a la pantalla chica, se contaba la dinámica de trabajo y la problemática particular de cada uno de sus miembros: desde el adicto, la madre posesiva y el fóbico, a la histérica o el jugador compulsivo. Además, se dramatizaba la vida del terapeuta, algo totalmente innovador para ese momento. “Antes de Vulnerables, solamente recuerdo las terapias televisivas como una recreación donde el analista era un estereotipo, el personaje de pipa que ponía caras mientras el protagonista le hablaba”, dice Mario Segade, uno de los guionistas. “Lo que nos atrajo a Belatti y a mí fue el poco interés inicial que despertaba la idea de hacer un programa de televisión que básicamente se centraba en ‘gente hablando de sus problemas’. Bueno, nosotros demostramos que era posible hacer un programa intenso y atractivo con esa temática, porque todos los elementos que usamos eran muy sólidos: escritura, producción, dirección, intérpretes.” Y es cierto, lo que dice Segade. La suma de factores llevaba las más de las veces a un clímax dramático donde el espectador quedaba de cama. Hubiera hecho terapia en su vida, o no. Los autores desacreditan la opinión de que Vulnerables marcó un antes y un después en la televisión argentina, pero admiten que abrió las puertas para que otros pudieran pensar nuevas ficciones. Y así fue como unos años más tarde vinieron las Locas de Amor, con guión a cargo de Pablo Lago y Susana Cardozo, la dupla (¡y pareja!) que hoy escribe Tratame bien. Básicamente, dicen los guionistas, la idea fue mostrar la locura desde un lugar interesante, lejos de la oscuridad y la abyección a las que solía asociarse. “Poder contarle al público cómo vive una persona con problemas psiquiátricos concretos, una vida supuestamente normal”, explica Cardozo. De ahí a Tratame bien, no medió más que un paso y la aprobación de Pol-ka, a esta altura referencia obligada de los productos “psi”. Y entonces acá estamos todos, prendidos cada miércoles al unitario que gana en su franja horaria reflejando una terapia de pareja (la dupla Roth-Chávez) y las terapias individuales de sus integrantes. Por un lado está Briski, el analista de José (Chávez) que vendría a ser algo así como el tipo que está de vuelta. El personaje de Arturo es Briski haciendo de Briski (que debe tener unos cuantos años de análisis encima) con esos gestos, con esas risas ante el relato del paciente, el tipo que baja un escalón para hacernos la vida más fácil y se permite hablarle de igual a igual (“¿no querés una pinza de esas de depilar para sacarte esa astillita que tenés en la mano?”) sin olvidar el famoso “encuadre”: desde señalar el sillón que le corresponde “siempre” por ser el analista, hasta derivar al personaje de Alfredo Casero cuando descubre que es amigo de José (“en nuestra profesión, el encuadre..., la base ética de nuestra profesión”, trastabilla algo incómodo). Después está Elsa (María Onetto) que es la más imperfecta de todos, por no decir lisa y llanamente una inútil. Una analista lenta, pegada al librito, un tono cansino que recuerda a la cosmetóloga de Juana Molina (“estás mal, Sofía, ¿mmm?”; “¿Y el alcohol, Sofía?”), negada como pocas a resolver el síntoma que salta frente a sus ojos cuando Roth llega ¡borracha! al consultorio. Y por último está Banegas, la gran Banegas haciendo de Clara, la terapeuta de pareja. Otra que debe darse sus buenas panzadas leyendo los guiones. Una Medea en el rol terrenal de analista, aunque mucho más simpática. Agradable, podríamos decir. Una mujer frontal, mucha sonrisa, muchos chistes, que escucha complaciente cuando Roth y Chávez le cuentan que se fumaron un porro en el medio de la mudanza post-crisis y apela al silencio ante las peleas feroces que muestran más que cualquier discurso. Incluso se permite guiños con la teoría: “Cómo roban ustedes con el yeite de la madre”, le dice Casero en su primera sesión de terapia con la hija del matrimonio protagonista. “¿Sabe qué pasa?”, contesta Clara, “que el sheite de la madre es el sheite más viejo de la historia de la humanidad”.
A la hora de arriesgar las razones del éxito, Lago y Cardozo coinciden en que los desconocedores de la terapia espían de qué se trata “para ver si hay cosas que a ellos les sirvan”, mientras que el analizado con experiencia corrobora satisfecho la verosimilitud del formato. El goce de fisgonear dentro de un espacio cerrado en el que, por definición, jamás podría haber un tercero. Claro que en uno y otro caso es necesario hacer un pacto previo con la ficción: se sabe que el tiempo es oro y que el zapping está al alcance de la mano. “Lo que nosotros hacemos es tomar una foto”, explica Cardozo. “Si la terapia dura 45 minutos real, acá vamos a mostrar un minuto de lo más interesante. El insight famoso, por ejemplo, pasó una sola vez y no volvió a pasar. Eso no sucede tan fácil ni tan rápidamente en las terapias normales, no vamos a mentir”, dice. Por las dudas, vale la aclaración: el “insight” es definido como ese momento de la terapia en que el paciente (¡al fin!) incorpora por sí mismo la interpretación analítica.

ASESORAME

Lejos de los supuestos, la dupla mentora del fenómeno no tiene mucho training en esto de analizarse. Los dos admiten haber empezado hace muy poco tiempo, movidos por el interés de acercarse a lo que cuentan en el programa. De ahí que hayan decidido supervisar sus historias con una psicóloga real, Cristina Meyrialle, que da el OK o baja el pulgar dependiendo de cuán verosímil resulte el conflicto. Y hay un consejo que hace a la verosimilitud de cualquier sesión: evitar la puesta en escena de la interpretación y la máxima terapéutica. “Es fundamental el modo en que el terapeuta habla”, explica Cardozo. “Hay que ser cauteloso, y no, por apurar el ritmo, hacerlo decir eso a lo que el paciente debería llegar por sí solo. A lo sumo, hacer a un lado el ‘lo que a vos te pasa’ para decir ‘tal vez, lo que acá está pasando’.”
Terapia conductista no es, por lo visto. Pero si entramos a hilar fino, tampoco es la breve sesión lacaniana, cargada de argot y silencios por parte del dúo paciente-analista. “Ninguno de los tres terapeutas de Tratame bien es ortodoxo, en ningún sentido”, explica Meyrialle, que a pesar de su formación psicoanalítica admite haber ido incorporando elementos de las nuevas escuelas a lo largo de los años (“el psicoanálisis no es una Biblia, Freud dijo yo llego hasta acá, ustedes sigan”). Y para una ficción, el planteo parecería coherente. Difícil reproducir literalmente una terapia ortodoxa, llena de esos silencios que hacen al “bache” televisivo, repitiendo el temita recurrente durante sesiones y sesiones y sesiones en una práctica que suele ser estática, lenta y, en la inmediatez del presente, no demasiado fructífera. En este sentido, los autores dan forma a sesiones que toman un poquito del Conductismo, un poquito de la Gestalt, algo de superación personal y mucho de interpretación del inconsciente. El resultado son ciertas “licencias poéticas” donde el relato onírico se mezcla con el abrazo del analista, con el consejo directo, con el señalamiento del acto fallido... “Hay cosas que no son exactamente como deberían ser, pero como recurso dramático funcionan”, plantea Lago. “No nos pusimos muy exquisitos con el tipo de terapia que hacen los personajes individualmente, sino que quisimos que nos sirviera como recurso: que puedan decir en ese espacio lo que no dicen afuera, y a veces ni siquiera ahí. Porque lo notable de algunos personajes es cómo se mienten dentro de su misma terapia.”
De más está decir que el formato no admite defensores a ultranza del psicoanálisis, a la espera de códigos implícitos que se quiebran una y otra vez en el paso a la pantalla chica, amigota de la simplificación. El psicoanalista Germán García, uno de los fundadores de la Escuela Freudiana de Buenos Aires, opina al respecto: “Lo que ocurre con la lógica del psicoanálisis es que es muy difícil tipificarla en un modelo transmisible, porque a veces no decís nada, a veces la sesión dura diez minutos, a veces cuarenta, no se puede sistematizar, o reducir a una fórmula. De ahí la tensión que existió y va a seguir existiendo, entre difundir algo a través de la cultura de masas y el costo que esa difusión tiene. Es algo opinable, es como filosofar por televisión: habrá quien diga que ese reduccionismo de Hegel deja de ser Hegel, y habrá quien diga que mejor decir eso, a no decir nada”.

MIRANDO LA CRISIS AJENA

Un hallazgo del programa consiste en mostrar también las fallas del analista, especialmente en el personaje de María Onetto, la terapeuta de Cecilia Roth, que tiene una paciente alcohólica y no sabe cómo encarar el conflicto. La identificación se juega así por partida doble: pacientes con pacientes y analistas con analistas. “Es bueno mostrarnos como seres humanos y no seres perfectos”, plantea Meyrialle, que a su vez se confiesa fan de la serie norteamericana In Treatment, dirigida por Rodrigo García, el hijo de Gabriel García Márquez. “En esa serie hay un placer en la identificación con el analista: vemos cómo el tipo se sacude con las vicisitudes emocionales de sus pacientes. Y para un analista, es doblemente conmovedor”, dice. Porque si el fenómeno de televisar la terapia arrasa en canales de aire, también encabeza el ranking en varias series de afuera. Los antecedentes fueron Tell me you love me o Los Sopranos, donde la sesión aparecía tangencialmente a las historias centrales, ya fuera en las disfunciones sexuales de tres matrimonios o en el análisis poco convencional de Tony, el mafioso más popular del mundillo de las series. Y así se fue preparando el terreno para la llegada de In Treatment, que ubica a la terapia como tema excluyente. Transitando su segunda temporada en HBO (que ya prometió una tercera), la historia del analista Paul Weston (Gabriel Byrne) y sus cinco pacientes resulta una verdadera revelación a partir de su formato: con cinco capítulos semanales, cada día está dedicado a un paciente, y el viernes, a la supervisión del propio Byrne. Este formato, además de original, permite ver todas las sesiones semanales, o declararse seguidor de un solo paciente y mantenerse fiel a su día. En realidad, la serie se trata de la adaptación de Be’Tipul, una ficción israelí donde pese al despliegue de la palabra hablada y una sesión en tiempo real, a lo 24, con mínimos desplazamientos espaciales, se privilegia el método conductista tan popular en Estados Unidos si descontamos la elite intelectual que prefiere al neurótico a lo Woody Allen. En la primera temporada, los casos de In Treatment abarcaron una chica con transferencia erótica, un marine traumado (y con licencia) por haber tirado una bomba en una escuela llena de chicos, una pareja en crisis que no sabe si concretar un aborto y una lolita solitaria, seducida por su entrenador de gimnasia artística. La segunda, encuentra al doctor Weston al frente de una ex paciente que lo asesora legalmente ante la demanda por mala praxis que le inicia el padre del marine muerto, una chica con cáncer, un niño obeso que afronta el divorcio de los padres y un empresario workaholic a punto de tocar fondo. Y siempre la supervisión donde el profesional se despacha a gusto, para espanto del televidente-paciente paranoico. Lo interesante es la forma en que el contexto social y político se va filtrando en cada uno de los relatos: las atrocidades de la guerra Irak-Estados Unidos en el marine, la legitimidad del aborto en la pareja, la discriminación social en el niño obeso, el rechazo a la enfermedad en la chica con cáncer. “Hay algo de psico-sociología en este fenómeno: en cierto sentido, se trata de ir midiendo qué impacto subjetivo tiene la mediatización de la terapia en la sociedad, porque estas ficciones bajan un mensaje”, señala García. Y en relación con nuestro país, agrega: “A partir de la crisis actual, lo que se le quiere contar a la clase media es que tiene que ser estoica, que hay que saber aguantar. El protagonista de Tratame bien es un tipo que no tiene laburo pero que tanto no se preocupa, porque puede costear tres terapias. Además los valores que el programa transmite son políticamente correctos: descubre que el hijo es de otro pero lo quiere y lo educa como si fuera propio, y ese hijo, a su vez, se busca una novia de una clase social más baja e incluso tiene un hijo con ella, lejos del arribismo característico de la clase media”.

LOS TERAPEUTAS TAMBIEN LLORAN

En todos los casos, la idea es dar cuenta de ciertos conflictos universales desde una óptica diferente: “Entre amantes, de padres con hijos, de hijos con padres, de parejas, podíamos explorar los mismos problemas sin necesidad de reinventarlos”, declaró Rodrigo García en relación con In Treatment. Como en el antiguo teatro griego, entonces, la clave es exponer dramas arquetípicos donde todos puedan verse, incluso los analistas. Claro que si el espectador respira aliviado al ver en el otro sus propias debilidades, no debe ser fácil para un profesional (superyoico) encontrarse en la figura del loser. Porque digámoslo de una vez: Gabriel Byrne encarna a un antihéroe al que las cosas le salen mal, muy mal. Contracara del analista perfecto, su vida (siempre funcional a la trama) se cae a pedazos. Antes la mujer le metía los cuernos y los pacientes se le iban de las manos (desde intentos de suicidio en el consultorio, hasta aprietes directos que él no sabía eludir). Hoy, lo vemos separado, mudado a Nueva York y enfrentando un juicio por mala praxis a raíz de la muerte del marine. Y ojo, que el conflicto encubre muchísimo más, porque el padre del paciente muerto lo visita en mitad de la noche con una demanda, donde lo acusa por haber dejado volar a su hijo cuando “él no estaba listo”. El terapeuta tendría que haber alertado a la marina, tendría que haber evitado ese vuelo. Y por no haberlo hecho, ahora los familiares le reclaman ¡20 millones de dólares! Al shock inicial de Weston, que también tiene sus raptos de lentitud cual María Onetto (“nunca se me había muerto un paciente en medio de la terapia” es lo único que repite durante el funeral al que lo acompaña la ex paciente enamorada, en el instante previo al affaire) sigue el enfrentamiento con la institución: es el ejército contra el psicoanálisis (“la marina siempre se lava las manos”), es el sistema legal irrumpiendo en el espacio más íntimo, el reflejo del imaginario colectivo de la sociedad norteamericana que entiende al psicoanálisis como una práctica absolutamente resultadista: “las notas que usted toma durante la sesión pueden no ser importantes terapéuticamente”, lo reta la abogada, “pero legalmente, son fundamentales”. Y por si quedan dudas, remata: “Esto es la ley, Paul, no es terapia. Acá es ganar o perder, no hay grises, no hay subtextos”. Uf, pobre Weston, las cosas que le pasan. Casi una parodia (“es Kafka”, define él mismo), si no fuera porque todo es tan serio, porque la densidad de los casos agota emocionalmente al espectador y, sobre todo, porque ya existen otros formatos que alzan la bandera de la parodia. Como Head Case, por ejemplo.
Estrenada en octubre por I-Sat en Argentina, esta otra serie es una hiperbólica burla al psicoanálisis, y ya atravesó tres temporadas exitosas en el país del norte. “Soy lo que tu madre no era. No, eso suena muy deprimente. Soy como una revendedora de Avon, pero con maquillaje para tu cabeza”, se presenta Elizabeth Goode, la terapeuta de las estrellas de Hollywood. Y entre los cuadros de niños llorando, la secretaria que interrumpe sesiones y el patético Dr. Myron que comparte consultorio con ella, un psiquiatra atemorizado por la ola de suicidios desatada entre sus pacientes, uno ya va sospechando que ese no es el diván en el que quisiera acostarse. Escrita y protagonizada por Alexandra Wentworth, una de las popes de la comedia yanqui, Head Case recupera ciertos rasgos de la comedia incómoda (The Office, Curb your entusiasm) en la figura de una psicóloga sádica e inimputable, que expone las teorías más complejas y usa los métodos más rebuscados para atender a las estrellas de Hollywood que acuden en persona a su consultorio. De los consagrados como Jerry Seinfeld (de quien fue novia en el programa del cómico), Rosanna Arquette y Hugh Hefner, a los clase B como la actriz porno Traci Lord o Jason Priestly, el ex Beverly Hills que, en su lucha contra el olvido popular, intenta analizar con la doctora Goode por qué no es gay. “Un contrapunto ideal para los que se aburrieron de asistir al consultorio de Gabriel Byrne y necesitan un golpe de KO para acomodar sus vidas”, anunciaba la gacetilla de presentación de la serie. ¿Qué otra cosa podía hacerse después del híper-realismo minimalista de In Treatment más que representar su perfecto contrario? Dicho sea de paso: antológica la escena donde la terapeuta obliga a Priestly a travestirse y representa para él situaciones no aptas para menores entre muñecos Ken, bajo la premisa: “Vos decime cuando te sientas incómodo”.

FREUD EN LAS PAMPAS, LOS HOSPITALES Y LOS CUARTELES

Ahora bien, si en los dos extremos del continente americano las series con analistas pegan (y mucho) lo cierto es que cada región tiene sus particularidades. Mientras que en Estados Unidos el término “terapia” engloba infinidad de variantes desde la llegada del Conductismo, el Humanismo y las corrientes New Age, en Argentina somos un poco más ortodoxos, más apegados a la teoría clásica. “Acá hay una cultura psicoanalítica gigantesca, es un idioma que la gente reconoce rápidamente, le resulta muy familiar”, plantea Meyrialle. Tal vez tenga que ver con el arraigo tan fuerte del psicoanálisis en el país a partir de los ‘60, tal vez con la difusión cultural y mediática que supimos darle en todos estos años. “En las últimas décadas se dio un fenómeno doble muy interesante”, plantea el historiador Mariano Plotkin, autor del libro Freud en las Pampas, donde analiza la evolución del psicoanálisis en el país, desde su llegada a la actualidad. “Por un lado, hay una declinación de las terapias del tipo tradicional, donde el paciente llegaba a ir cuatro veces por semana, y esto tiene que ver con que la gente ya no puede costearse esos tratamientos, las prepagas no cubren y hay una ampliación paralela del mercado de terapias alternativas. Pero, por otro lado, el lugar del psicoanalista en distintos ámbitos de la cultura sigue siendo muy fuerte, no pensado como terapia sino como un discurso que abarca ámbitos muy por fuera del espacio estrictamente terapéutico”, dice. Porque si la cultura argentina se calificó muchas veces como “psi”, a lo mejor deberíamos afinar la mirada y entender que más bien existe una “cultura psi”, que ocupa un lugar central en la cultura argentina (principalmente urbana). Y al tiempo que en Estados Unidos analizarse sigue siendo privilegio exclusivo de algunos, en Argentina ya no es algo privativo de las clases medias desde que los sectores bajos también acceden a esto en los hospitales públicos. La dinámica y la terminología psicoanalítica se representan a su vez mediáticamente y así se difunde cada vez más una práctica que llegó a ser aceptada y naturalizada por la mayoría de los argentinos. “Hasta el lugar mismo de los psicoanalistas ha cambiado en algunas circunstancias”, plantea Plotkin. “En las crisis del 2001-2002, pasaron a ocupar el lugar de ‘intelectuales públicos’ a los que acudían los medios para que desde su saber específico (y a veces incluso por fuera de él) proporcionaran un discurso que hiciera inteligible la realidad social y política que vivía el país”. Si a esta altura nadie se compra el paquete y todos sabemos que esto no es magia (“es mentira que las personas puedan hacer un giro en 180 grados por ir a terapia, sos la misma persona, con algunas cosas más claras”, dice Meyrialle) habría que ubicar las causas del hit analítico en un nivel más profundo. Al fin y al cabo, en un país donde el general Balza pidió disculpas públicamente por los crímenes de la dictadura utilizando términos como “trabajo de duelo”, “traumas” o “inconsciente colectivo”, el éxito del psicoanálisis en pantalla no tendría que sorprendernos tanto.
Tratame bien: miércoles a las 23 por Canal 13
Head Case: Lunes a las 22 y viernes a las 21.30 por I-Sat
In Treatment: las dos temporadas
se consiguen en dvd.

 

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